A ti caballero de la armadura oxidada…te chirrían tanto los metales que eres incapaz de moverte. Esa armadura que llevas te paraliza, te conformas con ella aunque te pese, aunque te atrape en el silencio y no puedas ver lo que te rodea, porque solo ves lo que te dejan ver esas rendijas del tamaño de una moneda acostada. ¿Dónde quedó tu valentía, tus ganas de lucha y tu espada afilada? ¿Dónde está tu caballo blanco impetuoso, elegante y puro?
En este cuento, la princesa no fue rescatada por ti, simplemente huyó contigo. Anduvo junto a ti, por un camino a veces tortuoso, a veces recto, a veces empedrado, a veces liso, a veces soleado, nublado, con lluvia y frío, hasta que se encontró un río en un día de tormenta y agarró con decisión una barca que llevaba una brújula que marcaba del revés. Mirando atrás te dijo: me duelen los pies, mi caballero, adiós, y te dejó con tu armadura oxidada.
¿Qué harás ahora, caballero, cruzarás el río con tu armadura y seguirás el camino? ¿Arreglaras tu armadura o te despojarás de ella? ¿Creerás que aparecerá otra princesa que te acompañe con esa vieja amiga o te presentaras sin ella? O ¿Serás un caballero leal y buscarás a la princesa que huyó contigo una vez porque era una loca de atar, sin tu armadura y regalándole unas plantillas acolchaditas?

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